Translate

lunes, 5 de noviembre de 2012

CAPÍTULO QUINTO: "PAOLOK"


         Cuando digo morir es, literalmente, morir. Aún me encontraba tendida en la cama de esa habitación putrefacta a la que ni siquiera sé como llegué, cuando comencé a sentir como mi corazón iba dejando de latir, me costaba respirar, un dolor punzante penetraba en mis entrañas mientras el sentido de la vida se evaporaba y se escapaba de mi interior. El hecho es que, aunque era plenamente consciente de que estaba muriendo, sentía en lo más íntimo de mí alma que necesitaba que esto sucediese.

         La sensación primera que me sobrevino fue la misma que experimentaba cuando regresaba a casa todos los veranos. Un sentimiento de felicidad absoluta, nunca me sentí mal en el colegio, volver a estar con los tuyos, poder dormir en la intimidad de tu cama, observar los recuerdos de tu vida en la habitación que compartí con mi hermana durante mi niñez, es un placer que solo los que han tenido que pasar fuera largos periodos de tiempo pueden describir.

         Como dije antes, ninguno de mis sentidos, era capaz de racionalizar la sensación que estaba experimentando, ni frío ni calor ni luz ni oscuridad. Nada es la mejor palabra para definirlo. Tampoco tuve la sensación de haber abandonado mi cuerpo físico, era plenamente consciente de la unión vital que aún existía entre ambos entes. Cuando entendí esto también comprendí que no estaba muerta si no que estaba en otro lugar, en otro tiempo, en otro espacio, en otro universo, con reglas muy diferentes a las que regían mi vida física. No sentía en mi interior la cualidad que poseemos los seres humanos de catalogar el espacio, lo que simplemente significa estar el algún sitio o punto concreto. Porque sencillamente no lo había, no había espacio y al no haber espacio tampoco existía el tiempo. Cualquiera de mis compañeros de clase hubiera dado una definición científica exacta sobre lo que sentía. Sin ninguna duda había fallecido pero como contrapartida a lo que alguna vez había leído sobre personas que habían muerto y regresado a la vida, no encontré en ese viaje entes que se pudieran definir como difuntos o almas. Ni vi ninguna luz a la que seguir, por no sentir no percibía absolutamente nada. Solo una sensación del infinito que no se puede describir con palabras.

Mientras estuve en ese trance sentí como; algo indefinible, inconmensurable, me atraía hacia si. Algo indescriptible, ancestral y sublime me hacía partícipe del mismo universo en su esencia más pura. Noté que algo me reclamaba, que reclamaba mi presencia y notaba a la vez que esa presencia poseía la sabiduría celestial plena. Sentí por primera vez la antigüedad de mi alma. Si existiera una forma sencilla de describir lo que me pasaba sería que simplemente que algo que no podía describir me estaba abrazando, saludándome, todo esto se reduce a un “Hola, por fin estas aquí", sí, si me preguntasen ahora mismo lo que oí o sentí sería eso, nada mejor para definirlo.

Cuando estaba completamente abstraída en esta situación noté en mi cuerpo físico un zumbido, algo muy liviano y sutil. Que me obligó literalmente a volver a recuperar, aunque suene extraño, mi vida.

Aspiré el aire que hacía un momento no necesitaba para recuperar mi estado físico anterior, recobré la conciencia de que estaba otra vez en este mundo, una sensación esta que hacía un momento creí que había perdido.

El zumbido que me hizo recuperar el conocimiento provenía del colgante que me había regalado Desmond. Mi estado de salud seguía siendo dramático. Había pasado de un estado bienestar pleno, a ser un simple cuerpo doliente tendido en un camastro.

Recuperé, en la medida que mi estado me lo permitió, el sentido de la realidad que seguía atenazando mi vida. Noté como si a cada punto neurálgico de mi ser le hubieran conectado una dosis de punzante dolor. Pero por lo menos entendí que no había muerto y pensé que lo que hasta ahora había sentido no fue más que una agónica sensación de bienestar, seguramente influida por endorfinas que mi cerebro estaba emitiendo para paliar mis dolencias físicas.

Seguí notando el intermitente zumbido en mi garganta, era evidente que el emisor de esas pequeñas vibraciones era el colgante que Desmond me había regalado, pero no podía ponerme derecha para comprobarlo. Comprendí que entre los líquidos que me estaban administrando también habría algún sedante, lo que me impedía realizar cualquier acción para ver qué era lo que estaba pasando.

De repente se abrió la puerta de la habitación donde estaba confinada, su ruidoso chirriar me hizo volver definitivamente en mí, y pude, con un gran esfuerzo, abrir el ojo que no tenía tapado.

Vi entrar a una señora vestida con una bata blanca, fue a la única que reconocí precisamente por ir de blanco, pues la acompañaban dos figuras  más robustas, seguramente se trataba de los matones que me habían traído hasta aquí. Esto me hizo recordar todo lo que había pasado, sentí como las lágrimas me empezaban a resbalar por las mejillas, sobre todo recordando a Desmond, al que seguía creyendo muerto. En realidad lo peor de todo lo que pasaba era que no comprendía absolutamente nada de lo que estaba pasando. Recordé en ese momento las enseñanzas de supervivencia que me habían hecho aprender en el colegio y el énfasis que ponía la señorita Farer en que aprendiera esas extrañas técnicas y que con tanto interés me enseñaba. Mi mente quería racionalizar todo lo aprendido y todos sus consejos sobre como mi vida dependería de mis compañeros en un momento determinado de mi vida.

El colgante dejó de vibrar.

Oí como la mujer que acababa de entrar les decía a sus acompañantes mientras me tomaba el pulso, que viviría, que mi estado era estable.

-      Creo que Paolok está a punto de llegar, ¿no? -les preguntó-.

-      Sí, -dijo uno de ellos-. Ya ha salido, en media hora estará aquí.

Yo no entendía nada. ¿Quién era ese Paolok? ¿Qué querían estas personas de mí?

Intenté articular una frase preguntándoles para qué me querían y qué estaba pasando, pero mi estado era tan patético que no tenía fuerzas más que para emitir un sonido inteligible.

-      Cállate, -dijo la mujer de blanco-, vas a tener una importante visita y tienes que estar cuerda.

Según decía esto vi como inyectaba algo en el tubo que tenía conectado a mi brazo. Inmediatamente empecé a sentir que mejoraba sustancialmente la nitidez de mi visión y mi consciencia empezaba a ser consecuente con lo que pasaba.

Después de diez minutos estaba plenamente consciente y los dolores habían pasado en gran medida. Mi mano izquierda estaba encadenada con unas esposas al cabezal de la cama y mi mano derecha que era en la que tenía los viales del suero estaba atada con una gasa a la estructura de la cama.

Me seguía preguntando por qué vibró el colgante.

Al cabo de un tiempo se oyó un revuelo en lo que debía ser la entrada de la vivienda donde nos encontrábamos, oí como, por el ruido de sus pasos, varias personas iban subiendo lo que debían ser unas escaleras de madera. La puerta se abrió de golpe, el que la abrió era un hombre joven, robusto, quedó sujetando la puerta para dar paso a un hombre que por su forma de actuar debía ser su jefe. Entró y se plantó delante de mí. Era un hombre relativamente mayor, su mirada era fría, despiadada. Con el ojo que tenía descubierto pude apreciar que la comisura de sus labios empezaba a temblarle. Miró a un lado y dirigiéndose a la señora de bata blanca le dijo:

-      ¿Qué coño es esto?  Sois una panda de inútiles ¿Quién cojones es esta tía?, -dijo en inglés y con un pronunciado acento alemán-.

Se volvió a uno de los hombres que acompañaban a la señora de blanco y le cogió de la solapa, empujándole sobre la pared y acercándosele a la cara le volvió a preguntar lo mismo.

-      Es, es –dijo titubeando y visiblemente asustado el hombre.- Es Martine Rincoh, es ella.

-      ¿Cómo que es Martine Rincoh? Eres un imbécil.

Se apartó de él y volvió sobre sus pasos dejando al atemorizado guardián apoyado en la pared sin moverse. En un rápido movimiento se volvió hacia el hombre y le apuntó con una pistola. Le descerrajo un tiro en la cabeza, la bala penetró en su frente, el desgraciado cayó al suelo muerto, sin haberse enterado ni siquiera de lo que había pasado. La mujer que permanecía impávida encajonada en un rincón de la habitación, soltó un grito agónico, hacia adentro, apenas perceptible, como para no molestar. Lo que hizo que el hombre le lanzara una furibunda mirada de reproche.

Mientras tanto yo que seguía en la cama maniatada, sentía como una tremenda sensación de pavor atenazaba mi corazón. No entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, nada. Deduje que yo no era la persona que él asesino buscaba, se habían equivocado. Pero… habían pronunciado mi nombre Martine Rincoh, sí era exacto, aunque estaba plenamente lúcida mi mente se sentía tan confusa que no era capaz de deducir por mi misma lo que estaba pasando en esa habitación en donde un siniestro hombre llamado Paolok, como le llamó antes la enfermera, le acababa de pegar un tiro a un hombre sin ningún escrúpulo.

Paolok se dirigió al otro vigilante. Acerco su cara hasta casi rozar la del angustiado hombre y se le quedó mirando, como quién mira a un cerdo antes de clavarle de cuchillo en el gaznate.

-      ¿Me puedes explicar esto por favor?, -le dijo apretando la cacha de su pistola sobre el pecho del desdichado-.

-      Nuestro informante nos dijo que Martine Rincoh se encontraba en ese colegio y la hora en que llegaría, -trago saliva-, nos informó también de la matrícula del coche y su apariencia física. Y se corresponde con lo que nos dijo, ¿no?

Casi hubiera sido mejor que no hubiera pronunciado ese ¿no? Porque a Paolok no pareció gustarle en absoluto. Le cogió de la garganta con una mano y mientras le apretaba con fuerza le dijo:

-      Eres un estúpido, llevo buscando a Martine Rincoh 50 años. ¿Crees que esta estúpida mocosa tiene…? ,-paró un momento para mirarme, y siguió-, ¿…esa edad?, además ¿no dije que la quería intacta, sana y salva? Y me traéis un despojo.

Al desgraciado hombre se le acabaron las palabras y la vida porque le disparo a bocajarro en el estómago, el desafortunado hombre cayó en la cama donde yo me encontraba y quedó ahí tendido. El cruel Paolok me miró y se dirigió a la puerta para marcharse, según salía le dijo a uno de sus hombres matadla y deshaceros de todos ellos.

Mi garganta se seco de golpe, aparte de porque iba a morir dos veces en el mismo día también era porque el muerto había caído sobre mi brazo y estaba apretando contra la carne la aguja para el suero que tenía clavada en la muñeca. Casi sin querer metí la mano en un bolsillo de la cazadora que llevaba puesta y comprobé que había algo allí, por el tacto aprecié que debía de tratarse de una navaja pequeña de las que se pliegan sobre el mango. La agarré con fuerza aunque de poco me iba a servir, uno de los guardaespaldas de Paolok se dirigía hacía mi con una pistola en la mano, la cargó tirando de la corredera. Al oír ese sonido cerré los ojos ya nada tenía remedio, me preparé para lo peor.

-      Un momento,-oí decir a Paolok que estaba volviendo a entrar en la habitación-.

Se acercó a la cama cogió al hombre que había tendido sobre mi brazo y en un brusco movimiento lo tiró al suelo, es horrible el ruido que hace un cuerpo sin vida al caer creyendo además que el próximo puede ser el tuyo, miró a uno de sus hombres que le acercó una silla. Tomo asiento y arrimo su cara a la mía, se puso apenas a un milímetro de mí. Me observó con detenimiento, con su mano apartó el pelo de mi frente para poder observarme mejor.

-      Uhmm, -dijo- Martine Rincoh, ¿eh?

Mientras sacaba un cigarrillo de su pitillera, hizo una mueca articulando lo que debería ser una sonrisa. Uno de sus hombres acercó la llama de un mechero al cigarrillo. Paolok aspiró con fuerza y me echó una bocanada de humo en la cara, lo que me produjo una tremenda tos y un dolor agudo el pecho.

-      ¿Y tú?, ¿Qué tienes que decir, monina? ¿Eres Martine Rincoh?

Se quedó mirándome mientras aspiraba de nuevo el humo del cigarrillo. Me hubiera gustado escupirle, darle un puñetazo en su gran nariz, pero su mirada me paralizaba, no estaba preparada para esto. Todos los esfuerzos de la Srta. Farer para instruirme y ser fuerte en caso de apuro no habían servido para nada. Me acordé de las películas que tanto me gustaban en que una pobre y desvalida chiquilla se liaba a golpes y patadas con los malos venciéndoles y matándoles a todos. Yo simplemente me oriné de miedo.

Paolok hizo un movimiento de hombros, para que le respondiera. Al no salir las palabras de mi boca, moví la cabeza afirmando.

Se levantó de golpe de la silla. Y se dirigió a la señora de la bata blanca:

-      La quiero en perfecto estado, en dos días en mi laboratorio, respondes con tu vida, -la dijo apuntando con el dedo a su frente y arqueando sus pobladas cejas-, ¿entendido?

La mujer tragó saliva y movió la cabeza afirmando.

Paolok se volvió y se marcho a toda prisa con sus pistoleros.

Noté como el objeto que cogí del bolsillo del muerto seguía en mi mano, lo metí debajo de mi pierna, para que la enfermera no pudiera detectarlo, era mi única posibilidad de escapar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario