Cuando
digo morir es, literalmente, morir. Aún me encontraba tendida en la cama de esa
habitación putrefacta a la que ni siquiera sé como llegué, cuando comencé a
sentir como mi corazón iba dejando de latir, me costaba respirar, un dolor
punzante penetraba en mis entrañas mientras el sentido de la vida se evaporaba
y se escapaba de mi interior. El hecho es que, aunque era plenamente consciente
de que estaba muriendo, sentía en lo más íntimo de mí alma que necesitaba que esto
sucediese.
La
sensación primera que me sobrevino fue la misma que experimentaba cuando
regresaba a casa todos los veranos. Un sentimiento de felicidad absoluta, nunca
me sentí mal en el colegio, volver a estar con los tuyos, poder dormir en la
intimidad de tu cama, observar los recuerdos de tu vida en la habitación que
compartí con mi hermana durante mi niñez, es un placer que solo los que han
tenido que pasar fuera largos periodos de tiempo pueden describir.
Como
dije antes, ninguno de mis sentidos, era capaz de racionalizar la sensación que
estaba experimentando, ni frío ni calor ni luz ni oscuridad. Nada es la mejor
palabra para definirlo. Tampoco tuve la sensación de haber abandonado mi cuerpo
físico, era plenamente consciente de la unión vital que aún existía entre ambos
entes. Cuando entendí esto también comprendí que no estaba muerta si no que
estaba en otro lugar, en otro tiempo, en otro espacio, en otro universo, con
reglas muy diferentes a las que regían mi vida física. No sentía en mi interior
la cualidad que poseemos los seres humanos de catalogar el espacio, lo que simplemente
significa estar el algún sitio o punto concreto. Porque sencillamente no lo
había, no había espacio y al no haber espacio tampoco existía el tiempo.
Cualquiera de mis compañeros de clase hubiera dado una definición científica
exacta sobre lo que sentía. Sin ninguna duda había fallecido pero como
contrapartida a lo que alguna vez había leído sobre personas que habían muerto
y regresado a la vida, no encontré en ese viaje entes que se pudieran definir
como difuntos o almas. Ni vi ninguna luz a la que seguir, por no sentir no percibía
absolutamente nada. Solo una sensación del infinito que no se puede describir
con palabras.
Mientras estuve en ese trance sentí como; algo
indefinible, inconmensurable, me atraía hacia si. Algo indescriptible,
ancestral y sublime me hacía partícipe del mismo universo en su esencia más
pura. Noté que algo me reclamaba, que reclamaba mi presencia y notaba a la vez
que esa presencia poseía la sabiduría celestial plena. Sentí por primera vez la
antigüedad de mi alma. Si existiera una forma sencilla de describir lo que me
pasaba sería que simplemente que algo que no podía describir me estaba abrazando,
saludándome, todo esto se reduce a un “Hola, por fin estas aquí", sí, si
me preguntasen ahora mismo lo que oí o sentí sería eso, nada mejor para definirlo.
Cuando estaba completamente abstraída en esta
situación noté en mi cuerpo físico un zumbido, algo muy liviano y sutil. Que me
obligó literalmente a volver a recuperar, aunque suene extraño, mi vida.
Aspiré el aire que hacía un momento no necesitaba para
recuperar mi estado físico anterior, recobré la conciencia de que estaba otra
vez en este mundo, una sensación esta que hacía un momento creí que había
perdido.
El zumbido que me hizo recuperar el conocimiento
provenía del colgante que me había regalado Desmond. Mi estado de salud seguía
siendo dramático. Había pasado de un estado bienestar pleno, a ser un simple
cuerpo doliente tendido en un camastro.
Recuperé, en la medida que mi estado me lo permitió, el
sentido de la realidad que seguía atenazando mi vida. Noté como si a cada punto
neurálgico de mi ser le hubieran conectado una dosis de punzante dolor. Pero
por lo menos entendí que no había muerto y pensé que lo que hasta ahora había
sentido no fue más que una agónica sensación de bienestar, seguramente influida
por endorfinas que mi cerebro estaba emitiendo para paliar mis dolencias
físicas.
Seguí notando el intermitente zumbido en mi garganta,
era evidente que el emisor de esas pequeñas vibraciones era el colgante que Desmond
me había regalado, pero no podía ponerme derecha para comprobarlo. Comprendí
que entre los líquidos que me estaban administrando también habría algún
sedante, lo que me impedía realizar cualquier acción para ver qué era lo que
estaba pasando.
De repente se abrió la puerta de la habitación donde
estaba confinada, su ruidoso chirriar me hizo volver definitivamente en mí, y
pude, con un gran esfuerzo, abrir el ojo que no tenía tapado.
Vi entrar a una señora vestida con una bata blanca,
fue a la única que reconocí precisamente por ir de blanco, pues la acompañaban
dos figuras más robustas, seguramente se
trataba de los matones que me habían traído hasta aquí. Esto me hizo recordar
todo lo que había pasado, sentí como las lágrimas me empezaban a resbalar por
las mejillas, sobre todo recordando a Desmond, al que seguía creyendo muerto.
En realidad lo peor de todo lo que pasaba era que no comprendía absolutamente
nada de lo que estaba pasando. Recordé en ese momento las enseñanzas de
supervivencia que me habían hecho aprender en el colegio y el énfasis que ponía
la señorita Farer en que aprendiera esas extrañas técnicas y que con tanto
interés me enseñaba. Mi mente quería racionalizar todo lo aprendido y todos sus
consejos sobre como mi vida dependería de mis compañeros en un momento
determinado de mi vida.
El colgante dejó de vibrar.
Oí como la mujer que acababa de entrar les decía a sus
acompañantes mientras me tomaba el pulso, que viviría, que mi estado era estable.
-
Creo que Paolok está a punto de llegar, ¿no? -les
preguntó-.
-
Sí, -dijo uno de ellos-. Ya ha salido, en media hora
estará aquí.
Yo no entendía nada. ¿Quién era ese Paolok? ¿Qué
querían estas personas de mí?
Intenté articular una frase preguntándoles para qué me
querían y qué estaba pasando, pero mi estado era tan patético que no tenía
fuerzas más que para emitir un sonido inteligible.
-
Cállate, -dijo la mujer de blanco-, vas a tener una
importante visita y tienes que estar cuerda.
Según decía esto vi como inyectaba algo en el tubo que
tenía conectado a mi brazo. Inmediatamente empecé a sentir que mejoraba
sustancialmente la nitidez de mi visión y mi consciencia empezaba a ser
consecuente con lo que pasaba.
Después de diez minutos estaba plenamente consciente y
los dolores habían pasado en gran medida. Mi mano izquierda estaba encadenada
con unas esposas al cabezal de la cama y mi mano derecha que era en la que
tenía los viales del suero estaba atada con una gasa a la estructura de la cama.
Me seguía preguntando por qué vibró el colgante.
Al cabo de un tiempo se oyó un revuelo en lo que debía
ser la entrada de la vivienda donde nos encontrábamos, oí como, por el ruido de
sus pasos, varias personas iban subiendo lo que debían ser unas escaleras de
madera. La puerta se abrió de golpe, el que la abrió era un hombre joven,
robusto, quedó sujetando la puerta para dar paso a un hombre que por su forma
de actuar debía ser su jefe. Entró y se plantó delante de mí. Era un hombre
relativamente mayor, su mirada era fría, despiadada. Con el ojo que tenía
descubierto pude apreciar que la comisura de sus labios empezaba a temblarle.
Miró a un lado y dirigiéndose a la señora de bata blanca le dijo:
-
¿Qué coño es esto? Sois una panda de inútiles ¿Quién cojones es
esta tía?, -dijo en inglés y con un pronunciado acento alemán-.
Se volvió a uno de los hombres que acompañaban a la
señora de blanco y le cogió de la solapa, empujándole sobre la pared y
acercándosele a la cara le volvió a preguntar lo mismo.
-
Es, es –dijo titubeando y visiblemente asustado el
hombre.- Es Martine Rincoh, es ella.
-
¿Cómo que es Martine Rincoh? Eres un imbécil.
Se apartó de él y volvió sobre sus pasos dejando al
atemorizado guardián apoyado en la pared sin moverse. En un rápido movimiento
se volvió hacia el hombre y le apuntó con una pistola. Le descerrajo un tiro en
la cabeza, la bala penetró en su frente, el desgraciado cayó al suelo muerto,
sin haberse enterado ni siquiera de lo que había pasado. La mujer que
permanecía impávida encajonada en un rincón de la habitación, soltó un grito
agónico, hacia adentro, apenas perceptible, como para no molestar. Lo que hizo
que el hombre le lanzara una furibunda mirada de reproche.
Mientras tanto yo que seguía en la cama maniatada, sentía
como una tremenda sensación de pavor atenazaba mi corazón. No entendía
absolutamente nada de lo que estaba pasando, nada. Deduje que yo no era la
persona que él asesino buscaba, se habían equivocado. Pero… habían pronunciado
mi nombre Martine Rincoh, sí era exacto, aunque estaba plenamente lúcida mi
mente se sentía tan confusa que no era capaz de deducir por mi misma lo que
estaba pasando en esa habitación en donde un siniestro hombre llamado Paolok,
como le llamó antes la enfermera, le acababa de pegar un tiro a un hombre sin
ningún escrúpulo.
Paolok se dirigió al otro vigilante. Acerco su cara
hasta casi rozar la del angustiado hombre y se le quedó mirando, como quién
mira a un cerdo antes de clavarle de cuchillo en el gaznate.
-
¿Me puedes explicar esto por favor?, -le dijo
apretando la cacha de su pistola sobre el pecho del desdichado-.
-
Nuestro informante nos dijo que Martine Rincoh se
encontraba en ese colegio y la hora en que llegaría, -trago saliva-, nos
informó también de la matrícula del coche y su apariencia física. Y se
corresponde con lo que nos dijo, ¿no?
Casi hubiera sido mejor que no hubiera pronunciado ese
¿no? Porque a Paolok no pareció gustarle en absoluto. Le cogió de la garganta
con una mano y mientras le apretaba con fuerza le dijo:
-
Eres un estúpido, llevo buscando a Martine Rincoh 50
años. ¿Crees que esta estúpida mocosa tiene…? ,-paró un momento para mirarme, y
siguió-, ¿…esa edad?, además ¿no dije que la quería intacta, sana y salva? Y me
traéis un despojo.
Al desgraciado hombre se le acabaron las palabras y la
vida porque le disparo a bocajarro en el estómago, el desafortunado hombre cayó
en la cama donde yo me encontraba y quedó ahí tendido. El cruel Paolok me miró
y se dirigió a la puerta para marcharse, según salía le dijo a uno de sus
hombres matadla y deshaceros de todos ellos.
Mi garganta se seco de golpe, aparte de porque iba a
morir dos veces en el mismo día también era porque el muerto había caído sobre
mi brazo y estaba apretando contra la carne la aguja para el suero que tenía
clavada en la muñeca. Casi sin querer metí la mano en un bolsillo de la
cazadora que llevaba puesta y comprobé que había algo allí, por el tacto
aprecié que debía de tratarse de una navaja pequeña de las que se pliegan sobre
el mango. La agarré con fuerza aunque de poco me iba a servir, uno de los
guardaespaldas de Paolok se dirigía hacía mi con una pistola en la mano, la
cargó tirando de la corredera. Al oír ese sonido cerré los ojos ya nada tenía
remedio, me preparé para lo peor.
-
Un momento,-oí decir a Paolok que estaba volviendo a
entrar en la habitación-.
Se acercó a la cama cogió al hombre que había tendido
sobre mi brazo y en un brusco movimiento lo tiró al suelo, es horrible el ruido
que hace un cuerpo sin vida al caer creyendo además que el próximo puede ser el
tuyo, miró a uno de sus hombres que le acercó una silla. Tomo asiento y arrimo
su cara a la mía, se puso apenas a un milímetro de mí. Me observó con
detenimiento, con su mano apartó el pelo de mi frente para poder observarme
mejor.
-
Uhmm, -dijo- Martine Rincoh, ¿eh?
Mientras sacaba un cigarrillo de su pitillera, hizo
una mueca articulando lo que debería ser una sonrisa. Uno de sus hombres acercó
la llama de un mechero al cigarrillo. Paolok aspiró con fuerza y me echó una
bocanada de humo en la cara, lo que me produjo una tremenda tos y un dolor agudo
el pecho.
-
¿Y tú?, ¿Qué tienes que decir, monina? ¿Eres Martine Rincoh?
Se quedó mirándome mientras aspiraba de nuevo el humo
del cigarrillo. Me hubiera gustado escupirle, darle un puñetazo en su gran
nariz, pero su mirada me paralizaba, no estaba preparada para esto. Todos los
esfuerzos de la Srta. Farer para instruirme y ser fuerte en caso de apuro no
habían servido para nada. Me acordé de las películas que tanto me gustaban en
que una pobre y desvalida chiquilla se liaba a golpes y patadas con los malos venciéndoles
y matándoles a todos. Yo simplemente me oriné de miedo.
Paolok hizo un movimiento de hombros, para que le
respondiera. Al no salir las palabras de mi boca, moví la cabeza afirmando.
Se levantó de golpe de la silla. Y se dirigió a la
señora de la bata blanca:
-
La quiero en perfecto estado, en dos días en mi
laboratorio, respondes con tu vida, -la dijo apuntando con el dedo a su frente
y arqueando sus pobladas cejas-, ¿entendido?
La mujer tragó saliva y movió la cabeza afirmando.
Paolok se volvió y se marcho a toda prisa con sus
pistoleros.
Noté como el objeto que cogí del bolsillo del muerto
seguía en mi mano, lo metí debajo de mi pierna, para que la enfermera no pudiera
detectarlo, era mi única posibilidad de escapar.

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